viernes, 29 de mayo de 2009

EL BRAZALETE (1 parte)



A la mañana siguiente (una brumosa y gélida mañana, de esas que dejan su aliento sobre los cristales de las casas y cubren la hierba de rocío congelado, embelleciéndola y matándola de a poco) despertó ella y, mirando en torno suyo, descubrió que aun se encontraba, destino maldito, en aquella habitación de hotel. Sin apenas recuerdo de la noche anterior se dirigió a la regadera, mirando la ropa desgarrada en el piso, los vasos rotos con sus contenidos mojando la infecta alfombra, las cortinas caídas y ese inconfundible aroma a colisión sexual, adivinó los acontecimientos olvidados y decidió dejar en paz su memoria por un momento. Mientras daba vuelta a la llave de la regadera y el agua tibia llenaba la habitación de una espeluznante opacidad, ella se miró al espejo. Lo primero que le salto a la vista fueron tres rojizos arañazos en su mejilla derecha; instintivamente se miro las manos, en su juventud tendía a arañarse dormida a si misma, recordó como su madre le amarraba las manos para que dejara de hacerlo, recordó también el color de estas al amanecer cuando su madre apretaba demasiado y la muerte emocional que esto le representaba. Pero no, esta vez sus uñas estaban limpias y cortas como de costumbre. Se introdujo poco a poco un la ducha y vio escurrir un tenue tinte rojizo que mancho el piso de la regadera. Era mas que lógico ahora que su rostro no era el único lugar donde estaba herida, mirando por encima de sus senos encontró un profundo rasguño entre su pecho y su ombligo. La sangre estaba casi coagulada y no había dolor alguno así que solo se limito a tallarla vigorosamente con ese pegajoso jabón de hotel. Se sintió melancólica, pensó en el tipo con el que paso la noche, trato de recordar su rostro, sus manos, la forma de su cuerpo, el tamaño de su sexo, nada. Repentinamente su melancolía se transformo en ultraje, aquel desconocido se había atrevido a herirla y a abandonarla después ahí, tirada en la cama de ese lúgubre hotel de paso. Salió de la regadera y secó su cuerpo solo para descubrir que estaba cubierto de moretones, fue cuando su ultraje se transformó en ira. Apresuradamente salio del cuarto de baño envuelta en una de esas pequeñas toallas arrendadas y se precipitó sobre el sitio donde estaba su ropa revuelta y dejada al descuido. Fue cuando, casi accidentalmente, miró hacia la cama y notó un bulto antropomórfico bajo la sábana. Aquel canalla se había quedado dormido, seguramente exhausto por la vigorosa noche de acción. Su curiosidad inicial regresó; pronto deseó conocer el rostro de su amante y agresor así que se acerco lentamente, esquivando los cristales rotos del piso, observaba cuidadosamente la sábana cuando se percató de dos cosas. Durante años, desde la muerte de su madre, había evitado usar joyas para “ir de juerga” salvo por un grueso brazalete grabado de bronce que había sido de su familia desde hacia generaciones, mismo brazalete que no se encontraba en su muñeca ni en ningún ligar de la habitación. Pensó entonces, que si la joya no se encontraba ahí y el hombre seguía en la cama era imposible que la hubiera robado, a menos que alguien más hubiera estado ahí. La segunda cosa que llamo su atención fue la sábana, aquellas formas no eran sólidas, cuadradas, eran curvas, mas parecidas a cerros a la lejanía; era imposible que esas formas tan delicadas pertenecieran a un varón grande y corpulento, como ella suponía que debía ser su agresor. Una extraña sensación de incertidumbre la lleno de temor, la sábana, por otro lado, estaba manchada de sangre ¿Había, entonces, matado a su agresor o agresora? Por un momento se quedo congelada al lado de la cama temiendo lo peor, después de respirar profundamente hasta que se armó de valor y tomó un extremo de la sábana sanguinolenta y notó que también estaba húmeda. Trató de hacer trabajar su memoria pero fue inútil, nada recordaba de aquella noche, aquella sabana o el cuerpo inerte bajo ella. Sin mas miramientos decidió retirar la improvisada mortaja y lo que halló debajo fue tan espeluznante que por un momento tambaleó al borde del desmayo. Yacía en la cama el cuerpo de una joven mujer con el negro cabello revuelto y las manos en garras aferrando fuertemente la almohada bajo su cabeza, su piel era blanca como el papel y en la vidriosa superficie de sus ojos había un rictus de terror como el de quien ve al mismo demonio. La sangre que había manado de sus numerosas heridas tenia ya un color oscuro que asemejaba a una costra, doblándose por los bordes. Pero aquella imagen de muerte y la desesperación de cualquier mortal hubiera sentido al tenerla enfrente no se compararon en ese momento con el horror que ella sintió al descubrir que aquella desgraciada, aquel cuerpo desnudo, frío de muerte, no era otro sino su propio cuerpo.
Lilith

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